Hará 3 Navidades. Por última vez, toda la familia pasó la Nochebuena en casa de mi abuela, donde vivo con Emma desde hace más de 4 años. Mi tía Alicia cumple años el 25 de Diciembre, así que todos los años se subía una tarta para ella.
Esa navidad comimos muy tarde y al final nos dejaron la tarta en la nevera. No nos resultó muy apetecible, hartos como estábamos de comida, así que la tarta estuvo una semana en la nevera.
Cuando estuvo claro que no nos la íbamos a comer me puse a pensar en qué hacíamos con ella y se me ocurrió llevársela al barranquillo que hay al lado de mi casa y que con la tarta celebrara su cumpleaños cualquiera de los habitantes del mismo.
Y ya que la íbamos a llevar y darnos un paseíto de paso, decidí hacer fotos del hecho con el objeto, además, de hacer fotos del estado de la tarta una semana después. Y le pedí a Emma que vistiera de negro para que destacara bien sobre el verde y que quedara oculta entre las sombras.


Así que bajamos y fui tirando fotos todo el rato unos 20 metros delante de ella. Ví a través del visor que el dorado de la caja era perfecto.
Llegamos al fondo, cruzamos su cauce húmedo y remontamos el barranco. A unos 200 metros las palmeras, pitas, cañas y zarzas se hacen densas y desaparece el camino, pero sigo el mismo que había cuando era niño, mientras podamos, porque a veces hay palmeras o ramas caidas que te hacen desviarte. Pasados unos 3 o 4 minutos, si sabes donde mirar, encuentras lo que yo siempre he creido que es una tumba. Un huevo alargado hecho de piedras acumuladas de unos 2 metros de largo y 3/4 de ancho. Sobre este túmulo dejamos la tarta cuidadosamente. Un sitio hermoso y lo más pulcro del barranquillo, para poder fotografiar después las huellas de los animalitos, los restos, cualquier cosa.
La sacamos de la caja y le quitamos de debajo el mantelillo que traía, dejando el esponjoso bizcocho posado sobre la piedra. Y nos fuimos. Y como planeamos, volvimos a la semana, deseando hacer las fotos del festín del barranquillo.


Pero no pudimos fotografiar nada. No había nada. Ni una mancha de merengue, ni un trocito de queque, nada. Las piedras estaban limpias como antes de posar la tarta. Demasiado limpio, tanto que estuvimos otro rato buscando a ver si es que en realidad habían dos túmulos, pero nada. No pude hacer fotos pero la sorpresa fue mejor. Imaginar a un perro hambriento encontrándosela entera, los pájaros posándose y hundiéndose sobre el merengue, la lluvia filtrando los nutrientes a la tierra y abrillantando de nuevo el lugar. Y creo que no llovió esa semana, no fuerte al menos, eso seguro.
Creo que el espíritu del barranquillo agradeció tener un festín que ofrecer a sus moradores. También creo que el que reposa en esa tumba tuvo los sonidos más placenteros sobre él, aparatos digestivos rugiendo de placer. Y que el merengue licuado cayó sobre sus huesos como miel.


Tienes todas las fotos en mi álbum de Flickr, http://www.flickr.com/photos/overpose/sets/72157602831836761/, por si las quieres ver en grande.